
El país de los giles: por qué el cambio político sigue pendiente
Por Facundo Ozán Carranza
Hay una palabra que el argentino usa para reírse de sí mismo, aunque siempre esconde una herida, esa palabra es: “gil”. Gil es el que paga sus impuestos mientras otro guarda dólares en un vestidor. Gil es el que declara todo mientras un funcionario justifica lo que ocultó. Gil es el que cumple las reglas en un país donde las reglas parecen escritas para el que no las cumple.
Las últimas semanas nos dejaron dos postales que, juntas, describen la historia clásica de nuestro país. Un exintendente peronista con millones de dólares escondidos con prolijidad de contador. Un jefe de Gabinete libertario que admitió medio millón de dólares fuera del sistema, después de negarlo ante el Congreso. Uno llegó al poder con la bandera de la justicia social; el otro, con la bandera de combatir a la casta y los chorros. Los dos terminaron en el mismo lugar: el silencio de la caja oculta.
La conclusión incomoda porque no perdona a nadie. La corrupción argentina no es un problema de ideología: es un problema de estructura. Cuando el que denuncia a la casta reproduce sus prácticas, el problema deja de ser un dirigente y pasa a ser el sistema que lo forma, lo tolera y lo recicla.
El silencio como confesión
El dato más grave del episodio no es el escándalo del hecho en sí mismo, sino que fue la reacción. O la ausencia de reacción frente a los videos, los dólares apilados y las declaraciones corregidas, la dirigencia política eligió el silencio. Ni un comunicado. Ni una conferencia. Ni una condena cruzada. Un silencio cómplice.
En un país donde todos opinan de todo —del dólar, del fútbol, del árbitro—, el mutismo unánime frente a la plata negra no es casualidad, es el sistema político que calla. Nos dijeron que la grieta dividía al país en dos mitades irreconciliables. Los hechos muestran otra cosa: cuando se trata de proteger las cajas que financian a la política, la grieta se cierra sola. Esa es la única unidad nacional que la dirigencia consiguió.
Quién paga la fiesta
Cada peso que un funcionario esconde salió del bolsillo de alguien que trabajó para pagar sus impuestos. Cada dólar en negro de la política es el ladrillo de una escuela sin terminar, un hospital sin insumos, o una ruta sin hacer. Y cada justificación desde el poder —"el Estado te estafa, por eso está bien esconder"— instala un mensaje demoledor: el que cumple con sus obligaciones como parte de una sociedad es un tonto, un gil, y el que evade es un vivo.
Un país no se destruye solo con la inflación o con la deuda. Se destruye cuando el poder le enseña a la sociedad que cumplir la ley es de giles. Y recordemos que los políticos son los vivos (o avivados) de siempre. Ese día el contrato social es el que se rompe. Y un país sin contrato social no es un país: es la timba donde la banca siempre gana, y la banca nunca somos nosotros los hombres y mujeres de bien que nos hacemos cargo de nuestra obligación como miembros de la sociedad, de nuestro país de cumplir con nuestras obligaciones. Obligaciones que muchos políticos ignoran.
El cambio que falta
Por eso el cambio político importa. Pero conviene precisar cuál. No es votar al que grita más fuerte contra los anteriores: eso ya se probó y el resultado está a la vista. El cambio pendiente tiene cuatro condiciones.
La vara única y pareja para todos: que el delito se llame delito, tenga el color que tenga y sea del partido que sea, y tengan que cumplir la condena por igual, basta del trato desigual y con privilegios ante la justicia.
La luz sobre el financiamiento: ningún sistema se sanea mientras se financien los partidos políticos en la oscuridad.
El fin de la impunidad como costumbre: instituciones que investiguen sin mirar el apellido y una ciudadanía que no perdone a cambio de un buen dato de inflación.
Y la dignidad del que cumple: que pagar impuestos vuelva a ser un aporte que se respeta y se devuelve en servicios, no un acto de resignación.
Nos quieren convencer de que esto es la Argentina, de que siempre fue así en nuestro país, y de que no hay nada que podamos hacer. Ese es el fatalismo que quieren que creamos, ese fatalismo es el mejor aliado de los que se benefician con ese sistema, el de la resignación que a ellos les sale gratis y carísimo a nosotros.
La pregunta del millón no es como hacemos para que nos devuelvan la plata, que claro que la tienen que devolver. La pregunta es cuándo decidimos actuar para que no nos la saquen más. Ese es el día en que los giles nos cansemos de serlo, y ese día va a ser el día en el que empieza el cambio.